Último día del año

Bajé a correr por el barrio la mañana del 31 de Diciembre y me pasó algo súper bonito: me crucé con un padre que iba andando atento al móvil, escribiendo.
Unos tres metros detrás de él iba andando una pequeñajo de alrededor de cuatro años con Síndrome de Down. Vestido de rojo de tal manera, que no podía moverse apenas de cintura para arriba, con la cantidad de capas que llevaba, el pobre chiquillo.

Como a cada enano que me mira por la calle, le sonreí y le saqué la lengua. Acto seguido, el chavalín puso una sonrisa de oreja a oreja con un velón de mocos enorme colgándole hasta el labio superior. Y no contento con eso, dio la vuelta y se puso a correr a mi lado, sin parar de sonreírme.

Yo, ni que decir tiene, flipando en colores. Unos metros más adelante, se dio media vuelta y, tan pichi, volvió a seguir de cerca a su ocupado padre. Quien, por cierto, no se había dado ni cuenta de nada de lo que había ocurrido.
Una pena, porque no sabe que su niño me dio fuerzas para seguir corriendo hasta casa con una sonrisa como la suya. Y me alegró la última mañana del año.

Gracias, niño de rojo, eres un genio ❤

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