¿Por qué sangre azul?

El calificativo de “sangre azul” para los integrantes de las familias reales de todo lo largo y ancho de Europa tiene su origen en una escuela del siglo XVII en París. Un pillo con una imaginación desbordante llamado Charles Moreau, recibía las burlas de sus compañeros de colegio por tener un mechón pelirrojo en la parte superior de la cabeza. Que su madre le peinase el pelo hacia adelante no ayudaba, hacía parecer que tenía una pequeña cresta sobre el cabello rubio, por lo que recibía los desafortunados calificativos de gallina, pollito y demás. Motes que no le gustaban nada.
Un día, haciendo las tareas del colegio, se pinchó sin querer en el brazo con la pluma manchada de tinta. No es que viviese en una familia precisamente adinerada, por lo que su madre disolvía la tinta en un intento de gastar menos en ella y más en una nutrición que protegiese, a los cinco hermanos que eran, de las gripes y fiebres diversas del invierno. Eso hacía que la tinta que debería ser prácticamente negra, adquiriese al escribir, un tono azul claro.
Al llevarse la mano al dolorido brazo y presionar la herida, salió un poco de tinta azul claro que se había colado por accidente con el pinchazo. Se le iluminó la bombilla y al día siguiente repitió el pinchazo a propósito en la escuela, justo antes del recreo, en la punta del dedo índice.
Al salir al patio de la escuela y cuando empezaron las pullas y los motes, respondió que se metían con él desconociendo una verdad que ocultaba por su propia seguridad desde que nació:

– Hace mucho que lo oculto, pero estoy harto de que os metáis conmigo. Resulta que soy un príncipe.

– Ah ¿sí? – preguntó inocente uno de los alumnos más pequeños – explica qué haces aquí con nosotros en vez de en el castillo. Y por qué comes sopa de col en invierno en vez de majares dignos de la realeza.

– Os lo explicaré encantado. Cuando era un bebé se organizaba una conspiración para matarme, porque era el primogénito del Rey. Mi tío el Marqués de Motier tenía interés en quitarme de en medio para heredar él el trono a su muerte. Me ocultaron por seguridad, dándome en adopción a la que siempre habéis creído que era mi madre. Para llegado el momento terrible en que el Rey fallezca, darme a conocer. En la familia real, todo el mundo tiene la sangre azul. Porque son muy nobles y así se diferencian del resto de las personas. Y así además si hay alguien que reclama la herencia del trono sin ser parte de la realeza, pues le pinchan con un alfiler y salen de dudas. Cuando sea necesario, me pinchará el dedo un enviado de la corte para comprobar que soy el legítimo heredero y accederé al trono.
Si llegase a informar a mi padre, el Rey, de los abusos que sufro por vuestra parte en el colegio, seguro que ordena que os corten la cabeza como a un sucio rebaño de ovejas.
– Eso es mentira cochina – dijo uno de los chicos más mayores – es imposible que la sangre humana sea azul. Prueba que es cierto, pínchate y vemos si hay que pegarte para que no mientas más, gallinita.

Mientras los chicos imitaban el cacareo de una gallina y se reían, el pequeño Charles sacó un alfiler que le había quitado a su madre de la caja de costura y pinchó el dedo en el mismo lugar en el que tenía la gota de tinta que se le había quedado con la pluma. Según apretó el pequeño dedo, la piel de alrededor del pinchazo se blanqueó y una diminuta gota azul salió de él. Los demás alumnos se asustaron. Nunca habían visto algo parecido y eso probaba, según sus cálculos que realmente estaban ante un miembro de la familia real.

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Desde siempre, los niños han sido muy chismosos, por lo que la historia – a través de amigos y familias – llegó a oídos del Rey. Lejos de mandar cortar la cabeza a ese chiquillo insolente, pensó que iba a utilizar eso a su favor. Y a quitarse de en medio a algunos miembros de la realeza que francamente le exasperaban. Así pues, haciendo uso de su omnipotente palabra de honor, publicó un bando según el cual se informaba de la veracidad de la historia contada por el pequeño de la familia Moreau días atrás.

De esta sencilla forma quedaron así las cosas resueltas: el marqués de Motier – que aunque acusado falsamente de conspiración, sí era un personaje mezquino e injusto – fue ahorcado en la Place de la Concorde de París. Mira tú por dónde, fue el pionero de toda una ristra de semejantes que seguirían años después sus pasos.
El Rey hizo una pequeña limpia de chupasangres – nunca mejor dicho – de la Casa Real obligándoles a pincharse el dedo delante de él. Lógicamente ningún miembro de la familia tenía la sangre azul, por lo que fueron expulsados del castillo uno detrás de otro.
El pequeño Charles fue adoptado como heredero ya que, aunque jamás lo confesaría, el Rey era impotente y no podía tener descendencia. Pensó que alguien tan listo como Charles y que conocía de primera mano la situación del pueblo llano y sus penurias, podría ser un buen heredero. Y ayudarle a él a ser mejor monarca.
La familia de Charles, a petición de éste, recibió cada mes una suma de dinero de la corona suficiente para dejar de aumentar la tinta con agua y para arreglar los desperfectos de la casa que abrían la puerta cada invierno a catarros y gripes.
Y lo más importante de todo: nadie más volvió a burlarse de Charles ni de su mechón pelirrojo que tantos empujones al barro, burlas y motes le había costado.

Hoy estaba pensando en quién inventó aquello de la “sangre azul” para las familias reales de lo ancho y largo de Europa. Y me he inventado una explicación factible aunque muy probablemente errónea. La que acabáis de leer. Me he echado unas risas interiores por el disparate y a lo mío.
Pero luego he vuelto a activar el cerebro – que suelo tener en Stand-by para no cansarme mucho y así me va – y he pensado que cuando somos pequeños creemos mucho más en estas explicaciones. Si a un niño le parece factible una explicación a un hecho, acontecimiento o comportamiento seguramente, si es un niño con una autoestima sana, lo irá contando por ahí a todo el que le escuche, hasta que tope con algún adulto aguafiestas que le dará la explicación correcta – que suele ser tremendamente más aburrida – y le dejará buscando otras explicaciones. Porque es verdad que los niños preguntan muchas cosas. Pero he podido observar en alumnos, familiares e hijos de amigos, que también le buscan explicación ellos sólos a muchas otras. No creo que sea casualidad. Creo que es pragmatismo infantil: “Para qué voy a preguntar el por qué de ésto si yo mismo puedo crear una explicación y tardo menos. Además en mi explicación, como es mía y con mis explicaciones hago lo que quiero puedo poner todos los detalles y personajes que quiera”. A veces hasta hay dragones y brujas en sus explicaciones. Porque la palabra “verosímil” no funciona igual para un niño que para un adulto, eso lo saben hasta en China, donde supongo que habrá dragones extra).

De pequeña, por ejemplo, pensaba que bajo el filo del retrete había un montón de ratones muy chiquititos escondidos, especialmente adiestrados por los fabricantes de retretes para que echasen agua desde unos cubos enanos, haciendo así que se fuera por las tuberías todo lo que allí tirábamos.
Sólo le conté la idea a mi padre cuando me pilló intentando ver a los ratones escondidos metiendo parte de la cabeza en la taza y tirando de la cadena al mismo tiempo. No era muy lumbreras, pero mi padre se tomó en serio mi hipótesis. O al menos fingió hacerlo.

Y he pensado que como mi historia era verosímil, fuera acertada o no – aunque seguramente no lo sea – la iba a contar aquí como un niño que divulga la suya. Porque a lo largo de toda la vida nos han enseñado que cuando no tenemos una respuesta, la preguntamos. Y si intuimos que es algo que por nuestra edad y educación recibida ya deberíamos saber, nos da vergüenza preguntar y lo buscamos en Google (antes en enciclopedias). Pero hoy no, hoy he sido niña primero y lo he explicado yo sola. Os lo he contado a todos los que me leéis y en unos días, cuando me aburra de mi explicación, tal vez busque la correcta en Google o se la preguntaré a mis padres – que ya saben de sobra que me da igual quedar como una inculta si con ello accedo a más cultura o desempolvo la que un día aprendí y no retuve -. O igual me invento otra que me guste más. Os recomiendo a todos este ejercicio. Ya lo hizo un pedagogo francés con sus alumnos hace un par de siglos (Freinet, Celestin: La Enseñanza de las Ciencias) es divertido, lo haces como más te guste y además mejora la creatividad. Si alguien se anima, escribid en un comentario vuestras explicaciones a algo que nunca os hayan explicado o cuya explicación hayáis olvidado por completo. ¿Por qué vuelan los aviones? ¿Por qué llevan vestidos de cola las novias?… lo que os apetezca, que para eso es VUESTRA explicación.

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