Un telescopio, un poeta y un crimen

Septiembre del 2013

El hombre de la ventana de enfrente se movía distinto en la cama. Llevaba tiempo quedándome despierto hasta tarde para observar las estrellas con mi telescopio nuevo. Pero pronto había descubierto que era más interesante observar las vidas de la gente del edificio de enfrente, que se encontraba a cincuenta metros escasos del mío. Era mucho más entretenido que una serie o una película, porque no había guiones, ni finales felices, ni capítulos predecibles. Por ejemplo: la mujer del 2º que tenía dos relaciones simultáneas había recibido esa tarde una visita que había acabado…bastante bien. Así que ya tenía tres relaciones simultáneas. O el chico del 5º, que estaba acomplejado por los granitos de su barbilla.

Y el hombre que esa noche se movía demasiado no era más que un simple soltero con gafas, tripita cervecera cuyo tamaño comprobaba compulsivamente unas cinco veces al día y un enorme lunar en el muslo derecho. Era todo lo que sabía de él.

Normalmente le observaba poco, porque siempre se acostaba temprano boca arriba y al cabo de media hora, se daba media vuelta y dormía boca abajo hasta que yo terminaba de apuntar las constelaciones y me iba a soñar con lo que le pasaría a cada uno de mis personajes al día siguiente.

Y esta afición nueva no la había compartido con nadie. De cara al exterior, yo no era más que un entrenador de fútbol con demasiados amigos a los que atender y ninguna mujer a la que mimar. Y quería que siguiese siendo así. Esto era mi afición personal y privada, el punto de locura que toda persona necesita en su vida, era mi versión simplificada de “La Colmena”, era mi forma de sentirme un Cela del siglo XXI.
Esa noche no le quitaba ojo al hombre de la ventana de enfrente. No se estaba quieto en la cama. Parecía nervioso. Parecía que algo atormentaba esa cabecilla demasiado pequeña para el enorme cuerpo que la sostenía. La única pista que tenía me la daba una llave inglesa tirada en el suelo de su habitación. Parecía manchada de una sustancia oscura, pero no alcanzaba a adivinar de qué se trataba.
Lo que yo no sabía era lo que apenas una hora antes había ocurrido justo en mi portal.

Ya estaba el niñato ese mirándome desde su ventana con su telescopio. Y esa noche me molestaba que lo hiciera más aún que cualquier otra. Algo se había roto en mi interior, creo que la conciencia.
No podía creer que hubiera hecho eso. Estando sobrio, al menos. Yo me tenía por un hombre decente. Pero estaba tan a mi alcance que no había podido evitarlo. Y Miguel me había tentado, sí. Justo eso, me había tentado.

– No existe y lo sabes
– Entonces ¿por qué hay tantos crímenes sin resolver?
– Por falta de pruebas, ocultación de ellas, obstrucción de testigos con intereses…pero con los avances de la ciencia hoy en día, es imposible
– Una mierda. Incluso yo podría cometerlo…si tuviese más sangre fría
– A veces me asustas, Nando. ¿Has vuelto a saber de Eva? ¿Fuiste al psicólogo que te recomendé?
– A Eva que la jodan, no ha hecho más que destrozarme la vida. Solo quería jugar conmigo. Y no me hables de psicólogos, que no hay nada que el alcohol no cure. Y pide menos a cambio…salvo el Chivas de doce años, pero es que me seduce solo con el color ¡JA JA JA!
– Va a ser verdad, te tenías que haber dedicado a la poesía. Eva no quería un hombre práctico, quería un poeta, te quería a ti. Al Nando original…
– ¡¡Maldita sea Miguel!! He quedado para tomar algo contigo, no para que me des la brasa.
– Mira, ya nos veremos

– ¡Eh! – le cogí del brazo – el crimen perfecto existe

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