Recuerdos de Arapiles

Octubre del 2012 – Adrián Cosano Roldán

Volví a abrir los ojos y la escena apenas había cambiado. Me hallaba en el suelo, tumbado tras un pequeño montículo, esperando a que nuestra artillería cesara el fuego para debilitar a los franceses. La artillería de ese inglés es bastante buena y los soldados británicos fardaban en un español chapucero que habían luchado en muchas batallas con su General Weshinton, Wélinton, Wallintong… no me acuerdo ahora del nombre de aquel oficial que nos sacó de nuestra vida guerrillera, allá en mi Andalucía natal, para combatir a los franceses a campo abierto.

Las explosiones de la artillería eran constantes y sentía en mi cabeza pálpitos – bum bum… bum bum- y en mi oído un pitido que no me dejaba escuchar ni mi propia respiración. El fuego cesó de golpe y los pálpitos que sentía en la cabeza resultaban ser los latidos de mi propio corazón.

Sonó el tambor. Mi regimiento se levantó y empezó a caminar hacia una polvareda marrón y gris que teníamos a unos cientos de metros. Escuché detrás de mí la voz de mi amigo José, que me alentaba:

– Rubén, no dejes que esos franchutres te maten.- decía mi amigo mientras tiraba de mí, agarrándome por el hombro.
Seguimos avanzando y la mente se me llenó de pensamientos de mi vida anterior: la vieja abuela Dolores, Padre y Madre, mi hermano Juan y la chica más hermosa que mis ojos habían visto, y por la que sentía una ardiente pasión en el pecho. Fue pensar en ella y mis manos empezaron a temblar. La idea de no volver a ver su melena, sus ojos o su sonrisa me produjo una enorme tristeza, pero delante de mí empezaron a aparecer sombras azules avanzando hacia nosotros siguiendo un estandarte con un águila de oro en su cúspide: las tropas de élite francesas formaban justo delante de vanguardia.

– ¡Mirad!- gritó el Coronel Martín, el líder de mi regimiento – ¡Nos mandan a lo mejorcito que tienen! ¡Nos tienen miedo! ¡Demostrémosles a esos canallas lo que puede hacer un hombre cuando invaden su patria! ¡Soldados, por España!

Ese discurso encendió los ánimos de todos, infundiéndonos el coraje necesario para luchar como leones y, si la suerte no estaba de nuestro lado, morir como hombre libres.

De repente el tambor de la columna paró de sonar y nos detuvimos. Pudimos contemplar con asombro los uniformes franceses con acabados de oro, sus grandes gorros negros con un penacho rojo, sus casacas azules y sus bayonetas relucientes bajo aquel sol de Salamanca, en aquel veintidós de julio del año mil ochocientos doce, cerca de la población de Arapiles.

Volvió el redoble de tambor y todos los hombres de primera línea hincamos una rodilla en tierra, comprobamos nuestro fusil, y apuntamos al enemigo, esperando la orden de disparar, mientras que la segunda línea se preparaba para unir nuestras descargas de mosquete en una sola andanada. El plan era sencillo: desplegarse antes que los franceses, disparar y cargar. Éramos carne de cañón.

A la orden del coronel abrimos fuego, y el aire de llenó de disparos, gritos de nuestros enemigos frente a nosotros y de un fuerte olor a pólvora. Entonces saltamos y nos abalanzamos contra el enemigo, increpándolos durante nuestra carga y blandiendo delante de nuestras cinturas el fusil a bayoneta calada. Pero cuanto más nos acercábamos, más rápido formaban los franceses su línea de disparo. Parecía todo planeado. No perdieron muchos hombres con nuestra descarga y ahora nosotros mismos nos dirigíamos hacia la boca de sus mosquetes.

Sentí cientos de relámpagos y truenos justo delante de mí, y noté como algo frío entraba en mi cuerpo. Caí al suelo y todo se ralentizó. Desde la seca tierra de Arapiles contemplaba como mis camaradas seguían cargando y como caían víctimas de los fusiles enemigos. ¿Sería éste el último momento con vida? ¿Moriré por defender la patria ante el invasor francés? Y más importante aún: ¿Volvería a ver alguna vez a Leticia, mi amada? Estoy en manos de Dios Nuestro Señor y el decidirá si caigo aquí en batalla o no…

La vista se me nublaba y volvía a sentir en mi cabeza los latidos de mi corazón- bum-bum, bum-bum, bum-bum…

 

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