Próxima estación: Embajadores

Mayo del 2012

Elda se levanta tiritando. Tiritando pero llena de energía. Hoy por fin va a recibir su primer sueldo en la cuenta. “Esto es lo que he soñado durante años” – piensa.

Sabe perfectamente qué tiene que hacer, y también sabe que debe darse prisa en hacerlo. Porque si no completa hoy su tarea, la cobardía ganará terreno y ya no lo repetirá

Así pues, se dirige a la ducha, aún tiritando. “Además de cobarde, friolera y frágil” le habían dicho una vez. Pero de frágil nada. Cobarde sí, friolera aún más, pero frágil nunca. De hecho, se considera dura como una roca, pese a no haber recibido grandes golpes en la vida.
La ducha le aclara un poco los pensamientos, aunque ella preferiría que no lo hiciese. Cuanto más se le aclaren las ideas, más vueltas le dará a su cometido, y más le costaría llevarlo a cabo.
Tras esa ducha, que es a sus huesos lo que la hirviente sopa a su garganta, se viste con lo primero que encuentra, se pone algo de abrigo encima y se marcha.

. . .

– Doce bocadillos de tortilla – le dice a la cansada camarera de la cafetería de la facultad.
– ¿¡Doce?! – responde la mujer abriendo los ojos de par en par – Imagino que son para llevar
No espera respuesta y se dispone a envolverlos.

De camino a casa, tras hacer el primer desembolso de dinero propio, piensa en las gotas de sudor que le ha costado ese dinero. Deduce que no muchas, pero que aún así se lo ha ganado. Eso es lo que importa. Le pertenece legítimamente y es suyo. Ahora es preciso administrarlo bien. No será difícil, puesto que ha estado un mes planificándolo.

La saca de su ensoñación la robótica voz del transporte público: “Próxima estación: Embajadores. Correspondencia con: Línea cinco y Cercanías Renfe”.
“La hora de la verdad” – piensa Elda

Sale de la estación y comienza a tiritar otra vez, pero esta vez no es de frío. De hecho, es un día de marzo atípicamente caluroso. Tirita de miedo…ya le vuelve a jugar malas pasadas su cobardía innata.

Tiene miedo al rechazo, al ridículo, a que todos sus planes y su emoción no hayan servido para nada, a volver a necesitar el café por la mañana para tener las energías que sus maquinaciones le han proporcionado las últimas semanas. Tiene miedo a verse obligada a comer tortilla con lágrimas durante días (nadie debería llorar mientras come tortilla).

Pero no se amedrenta. No. Esta vez va a sacar la valentía de donde no la hay para hacer algo que a cualquier otra persona consideraría muy simple. Así pues, se dirige a una mujer de pelo largo hasta la cintura, negro como el carbón. Tiene la cara tan delgada que los huesos de sus mejillas podrían hacer las veces de agarraderos en un rocódromo. Su piel parece una gran uva pasa, y sus ojos son grandes y redondos….un poco saltones por la ausencia de masa muscular en sus cuencas.

Se dice a sí misma: “ésta es perfecta”. A continuación, saca un bocadillo de su mochilita azul claro y extiende la mano suave y temblorosamente hacia la mujer. Ésta es la prueba de fuego: si la mujer rechaza su oferta, es posible que se le quiten las ganas de continuar.

La mujer mira a Elda desconcertada y se aparta un poco.
– ¿Por qué? ¿qué quieres a cambio? – pregunta la mujer.
– Que lo aceptes y que te lo comas – sentencia Elda, sorprendida de su propia entereza. – No te pido que me des las gracias, no las espero. Solo cómetelo, por favor.

La mujer sonríe, dejando al descubierto una boca que haría rico a cualquier dentista.
– Gracias, de verdad – dice la mujer con los ojos haciendo chiribitas.
Mientras se aleja, aun con la adrenalina subidísima, Elda ve a la mujer arrancar un pedacito del bocadillo y metérselo en la boca. “Ya está” piensa satisfecha. El círculo está completo.Repite la operación diez veces más. Algunos oponen una pequeña resistencia, pero al final se rinden todos. Debe darse prisa, pues los automóviles con destino infernal están a punto de llegar. Lo nota en la agitación de la Glorieta, en los movimientos cortos y rápidos de los que por allí pululan; y en las breves conversaciones que se establecen entre los (ahora) comedores de bocadillos.Y aún le queda un bocadillo.

No es como los demás, lo reserva para alguien especial: el malabarista. El que, con sus sonrisas; sus preciosos ojos azules, que se mueven al ritmo de las mazas moradas; su cuerpo enjuto; y sus “buenos días” a las caras mañaneras de “he-tomado-café-aunque-no-se-note”; le dió las fuerzas, las ganas y la idea de en qué gastar la primera parte de su primer sueldo de veinteañera.

Epílogo

Elda, la cobarde, había encontrado una fuente de adrenalina, de valentía. Y le gustaba tanto la sensación de heroína social, que se propuso hacer eso al menos una vez al mes para, al igual que una vez al año nos convertimos en otra persona por Carnaval, ponerse el traje invisible de Bocata Woman y sentirse valiente y capaz de cualquier cosa. Y sí, Bocata Woman y NO Bocata Girl. Porque se sentía más crecida, más adulta, más mujer y menos niña cobardica.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s