Perdida

Octubre del 2012

Esa chica estaba medio zumbada. Llevaba tiritas de Disney por todo el cuerpo, para cubrir las mil y un heridas que se hacía constantemente. Tenía siempre las manos pintadas de rotulador con una pila de recordatorios, cada uno de un color. Si estaba entretenida con algo, podía pasarse un día entero sin comer. Podía llevar veinte horquillas en el pelo, que aun así no sujetaría ni un mechón como Dios manda. Nunca llevó bien abrochados los botones de la camisa, ni bien atados los cordones de las ajadas deportivas. Ni siquiera el pañuelo que le cubría el cuello estaba bien puesto.

Se podía decir, básicamente, que su niña interior estaba a la vista de todos. No se esforzaba en parecer una adulta, pues había crecido de cuerpo, pero no de mentalidad. Algunas veces – y solo cuando estaba bajo mucha presión – conseguía atar y amordazar a esa niñita, y ponerse seria. Era buena sin darse cuenta, y si se lo decías no se lo creería.
Y lo más destacable era, quizá, que se pasaba la vida perdida en diversos lugares. Daba igual que llevase mapas hasta del diminuto pueblo de sus abuelos, allí también se perdía.

– Me pierdo 364 días al año, pero ya me he acostumbrado a no saber nunca dónde estoy – me dijo una vez
– ¿364? ¿Qué pasa el día que falta para hacer un año?
– Si te contesto va a sonar muy ñoño. Aunque es cierto
– Prueba
– El otro día estoy contigo

Sonaba ñoño, pero era muy posible que fuese verdad. Yo nunca me perdía. Tenía el sentido de la orientación perfectamente puesto. Y me gustaba como estaba. Además mi niño interior debía estar echándose una siesta, porque lo había perdido de vista hacía ya tiempo. Mis botones y cordones estaban siempre en perfecto estado, y mis comidas eran siempre a la misma hora. Vamos, que no pegábamos ni con cola.

Sin embargo, de alguna manera y sin saberlo, ella me necesitaba. Era el que aportaba algo de estabilidad a su vida. Algo así como un cabo al que sujetarse para no perder el control del todo.
Pero no solo ella me necesitaba a mí, yo también la necesitaba a ella. Me gustaba porque me hacía sentir de nuevo a mi niño interior. Me gustaba su desorden contagioso.

Un día me propuso que nos perdiésemos, para que supiera cómo solía sentirse ella. Que nos perdiésemos en un lugar aleatorio. No importaba si alguien nos encontraba, porque en este juego no se valía pedir direcciones, solo disfrutar de estar en un lugar desconocido y de no saber cómo volver a casa. Porque tal vez en algun momento, dejaría de apetecernos encontrar el camino a seguir.
Me contagió su desorden vital. Me engatusaron sus botones mal abrochados. Me atontaron su sonrisa infantil y sus ganas de vivir……y al final me gustó perderme a mí también.

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