Microrrelato de la angustia

Febrero del 2013

No podía correr más rápido. Notaba que las piernas me pesaban, que los pulmones no cogían suficiente aire y que el corazón no bombeaba suficiente sangre.

Y aun así no me podía librar de aquello que me perseguía. No sabía ni siquiera qué era, pues no me atrevía a mirarlo. Solo sabía que si me alcanzaba, me haría algo horrible. Estaba asustadísima.

El escenario no ayudaba. En aquella frondosa selva hacía un calor agobiante, un calor que se pegaba a la piel, que te abrazaba y no te dejaba respirar bien. El Sol se asomaba entre las hojas, caía sobre mi cara y me cegaba. Además, todas las raíces de los árboles que asomaban y todas las plantas bajas que se me enredaban en los pies dificultaban mi avance.

Su mano casi tocaba la mía. Pero de repente vi algo en el horizonte. Era un precipicio. Era el mismo que había visto antes, aunque no recordaba dónde. Pensé rápidamente qué hacer, si detenerme y enfrentarme a lo que me perseguía o tirarme al vacío.

Poco tiempo necesité meditarlo. Estaba demasiado asustada como para ignorar el instinto animal más fuerte en caso de peligro: correr.

Así pues, caí hacia el vacío. Intenté desesperadamente agarrarme a algún filo de la pared de tierra, pero era muy blanda y se deshacía entre mis dedos. No alcanzaba el fondo. Cada vez caía más deprisa, me iba a dar de bruces de un momento a otro. Cada vez estaba más angustiada.

Finalmente, caí en el agua. Se me mezclaron los sentimientos: me había hecho muchísimo daño el planchazo en el agua, pero había sobrevivido a la caída y eso era increíblemente bueno. No obstante, no sabía qué hacer ahora, pues ¡No sabía nadar!
Intenté mantenerme a flote, pero no era capaz. La corriente del río embravecido al que había ido a parar me arrastraba al fondo. Luchaba con todas mis fuerzas contra un enemigo invisible, pues el agua se escapaba de mis brazadas sin que éstas surtieran ningún efecto.

Pero agotada, no pude más que hundirme entre mis lágrimas. Y la angustia no acababa. Tenía tela la cosa. La angustia seguía en cada inspiración que daba, en la que tragaba otra bocanada de agua. No podía imaginar que fuera tan agobiante intentar respirar con todas tus fuerzas y que sólo tragues más agua.

En cuanto perdí la consciencia y cerré los ojos, me desperté sudando. En efecto, todo había sido una pesadilla, una horrible pesadilla. Me senté y tuve que tomarme unos segundos para serenarme y para darme cuenta de que me estaba haciendo daño, de lo fuerte que tenía agarrado el borde de la cama. Como temiendo volver a caer al agua fría, como queriendo coger todo el oxígeno que pudiese antes de que me lo volviesen a quitar.

No era la primera vez que soñaba aquello. Ni la segunda, ni la tercera…casi a diario ocurría. Pero claro, no podía vencer al cansancio eternamente. Era como en aquella horrible película de miedo en la que el asesino actúa en los sueños de las víctimas. Cuando caía rendida por la noche volvía otra vez a soñar lo mismo. Hasta había vuelto a dormir abrazada a un osito de peluche que conservaba de mi infancia. Iba a necesitar ayuda si no quería volverme loca.

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