La infancia desde la veintena

Junio del 2013

Caminaba por Madrid llevando a cuestas el domingo que precede al madrugón laboral de un ingrato lunes de Julio. Mira que empezar en lunes un mes tan bonito…
Caminaba y vio un arbusto lleno de flores blancas y rosas. Le resultaba familiar, claro. Era de ese mismo arbusto del que su abuela, cuando era pequeña, cortaba un tallo y le pintaba un lunar de savia en la mejilla. Con el sol de verano, la savia ennegrecía y parecía un lunar de verdad. Y esa chiquillada tan simple la tenía contenta todo el día…o lo que tardase en rebozarse por la arena de esa playa valenciana que tanto echa de menos ahora, caminando cabizbaja hacia casa por una carretera contaminada de pitidos y rugidos de motor.
Y le dan pena muchas cosas así en un momento, todas de golpe. Le da pena que su abuela ya no eche carreras en tacones con su hermano pequeño; le da pena que los niños de ahora no tengan a futuro recuerdos como ese, porque las malditas videoconsolas y la televisión lo absorben todo y no dejan espacio para las distracciones infantiles que ofrece la naturaleza.
Y le da pena sobre todo, haber crecido tan deprisa y no poder hacerse lunares de savia… ni sonreir por la calle a todo el mundo sin que se aparten un poco mirándola como si se le hubiese ido la olla.
Porque es verdad lo que se dice de que la sonrisa confunde a la gente. Pero no a toda la gente, solo a los mayores. Han desaprendido a sonreír. Y eso da mucha pena.

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