Improvisa, no etiquetes, déjate arrastrar

Abril del 2012

Mientras cerraba un botón rebelde de la camisa de color calabaza y se observaba las raídas zapatillas de loneta, empezó a pensar en lo que estaba ocurriendo, en lo terríblemente valiente o terríblemente insensata que había sido de un mes a esta parte.
No pudo con la tentación de decirlo, se le hacía la boca agua solo de pensar en lo bien que sonaba.

– Me encanta esto que tenemos – dijo por fin.
– Genial pero, ¿qué tenemos? Quiero decir, ¿tú qué crees que tenemos?

Notó el escalofrío recorriendo la espalda del chico de abajo a arriba, como un torrente de corriente eléctrica. Olió la gota de sudor frío que descendía por la hendidura que formaba la columna vertebral en su torso. Oyó – o más bien se detuvo a escuchar – la respiración, que pretendía ser calmada… y sonrió con picardía. Sabía perfectamente que eso iba a asustarlo, pero era tan divertido…

– No sé qué tenemos. Es genial, es perfecto. Te estaré siempre agradecida por haberme hecho prescindir de etiquetas por primera vez en mi vida, por hacer que me deje llevar, por hacerme amar la improvisación y las decisiones cuestionables. Muchas gracias, de verdad.

En ese momento no pudo reprimirlo: le dió un abrazo hundiendo la cabeza en su pecho y sintió la liberación de no tener que pensar en el “qué somos, hacia dónde va nuestra relación…” y toda una retahíla de comecocos destructores de relaciones y creadores de jaquecas.

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