Fiestas del pueblo

Agosto del 2011

¡Feliz Chunda-chunda-chunda! Pues sí, mi querido lector, son las fiestas de mi pueblo. Se estará usted preguntando qué hago yo escribiendo en un pub irlandés, mientras mis compañeros de quinta ingieren bebidas espirituosas en cantidades industriales y se montan en atracciones de nombres tan originales como la música que ofrecen sus inmensos altavoces: “La olla loca” es un solo un ejemplo entre otros; que no citaré por temor a desangramientos oculares. Remarcaré que éste proceso de beber y rebotar debe siempre hacerse en el sentido lógico, el que no incluye accidentes gastrointestinales de carácter semi-líquido. Muy bien, ha adivinado usted la respuesta correcta. Pero como siempre remarcaré, en este pueblo el que piensa es porque tiene demasiado tiempo libre, y aquí nadie gasta de eso. Con esto quiero dejar caer la generosidad de las juventudes de la zona, al dar un puesto de trabajo a un pobre parado. ¿Qué haría si no el “hombre del vómito” para mantener a su familia? Pues bien, como creo que he dejado patente con éste intento de artículo de opinión, hace tiempo que soy una gata amargada y no disfruto de estas fiestas. La pena es que no pueda compartirlo en este preciso instante con otros gatos (y demás fauna) amargados hasta mañana. Las hordas de feriantes deben de haber saturado el sistema eléctrico del pueblo porque la conexión a Internet abandonó el mundo real para pasar al de los sueños y delirios hacia las once de la noche, poco más o menos.

Un asunto simpático es el de las “parejas de fiestas”. Sí sí, antes se tenían noviazgos de verano: pasabas todo el verano con cara de tonto y cuando se terminaba, a otra cosa, mariposa. Pero ahora el asunto va más allá. Los citados especímenes parejiles duran tres noches y gracias (menos, si hay abundancia de mozos o mozas interesantes y de buen año). Además, puedes ver a gente del pueblo que durante todo el año no pasan del “buenos días, ¿qué hay?”, y que cuando llegan las fiestas es lo único que no dicen. Bueno, para ser sinceros, decir no se dicen mucho, más bien hablan con los labios y la lengua (pero sin articular sonido alguno, claro), quizá hasta con las manos si la noche invita a ello.

Ya para darle matarile a este esbozo de estudio sociológico (o zoológico) plagado de misantropía, añado que creo que iré a por un algodón de azúcar, que yo también quiero sentirme salvaje por un día, ya que la noche internáutica no me ha reportado lo que yo pensaba.

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