Despegadas

Septiembre del 2013

La mayoría de las parejas tienen su canción. Su canción, su película e incluso su novela. Cosas que han perdido todo su sentido divulgativo y que es suyo. Sólo para ellos…o ellas. Mis disculpas, todos esos “su”, van con mayúscula. Nunca se me dió bien enfatizar lo que es importante para otros aunque para mí no. Quizá ahí resida el problema.

Nosotras no teníamos nada de eso, sólo nos teníamos la una a la otra. Y no nos quedaba ya mucho de eso. Nos habíamos olvidado de regar nuestra plantita del amor de echarnos loctite en la piel para pegarnos para siempre. Bueno, sigue sonando pasteloso, pero no me manejo muy bien con el lenguaje. O eso dicen todos… hasta ella. Bueno, el caso es que nos olvidamos de eso y de apretar el lazo que nos unía y no permitía que una se cayese, porque estaba sujeta a la otra. Y claro, el lazo se deshizo y nuestra piel se despegó. Y ella se cayó y no me dí cuenta.
Habíamos supuesto que una vez la relación estuviese fijada, no hacía falta más que ir mecanizando ‘te quieros’ y reciclando motes cariñosos.

Nos había pasado un poco como al tipo de aquella horrible comedia americana que me obligó a ver. Porque ella era así, era un poco atípica dentro del grupo socialmente aceptado a regañadientes al que pertenecíamos.

El caso es que recuerdo que el hombre de la película tenía un mando a distancia que controlaba su vida, pero que si con el mando escogía una fecha, el mando aceleraba el espacio-tiempo y durante todo el trozo que se había saltado se convertía, a ojos de los demás, en alguien mecánico, frío, sin emociones. Alguien que no disfrutaba cada momento.

Porque ella era así. No, no el tipo de la película, ella. Perdón, ELLA. Era maravilla metida en un paquetito agitado de piel blanquecina. Era de esas chicas, de las de siempre: le gustaba ir de compras, ponerse vestiditos y faldas, escuchar pop blandito (¿hay de otro tipo?); y comer chocolate viendo romances de plástico, made in USA.

Y yo era todo lo contrario, era un “machete al machote” metida en un saco de arpillera. Pero ¡eh! que también tenía mi corazoncito.

Al final me dí cuenta de algo que no había tenido en cuenta: ella se ahogaba. Era un pez del Pacífico en un acuario de litro y medio de agua clorada. No podía estar en una relación así, anodina. Era el anticristo del matrimonio, vaya. De pequeña había querido ser aventurera, como Indiana Jones o Willy Fog, pero también había sido siempre bastante cobarde para hacer lo que ellos hacían. Cuando me encontró a mí, pensaba que se había dado de bruces con la Coronel Tapioca…pero no. Y se estaba marchitando como una flor en un despacho.

Todo esto lo supe cuando fuí a hablar con su madre. No me tragaba, pero conocía la situación y si yo no era capaz de traerla de vuelta, no lo haría nadie. Al fin y al cabo, una hija no se fuga porque sí un día cualquiera sin avisar a nadie. No la habían secuestrado, había dejado una nota en el salón:

“Estaré bien, no me busquéis.
Os quiero”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s