Dama, dama

Septiembre del 2013

Era mala con los hombres, era terrible, era peor. No hacía distinción alguna, no le valían las demostraciones de amor. Era más retorcida que el cuello de un alambique.
Disfrutaba pisando su dignidad con la punta de unos tacones negros cargados de androginia y rabia

No veía hombres, sino artículos de usar y tirar, cabezas cortadas en su pared de los trofeos, números que se sumaban a su lista de conquistas. Y era una lista bastante larga, a decir verdad. No era tanto por su físico, aunque…

Su mala fama no intimidaba al valeroso caballero de turno, quien se acercaba a ella, cartera en ristre, para intentar conquistarla. Y lo mejor de todo era que le hacía feliz conseguirlo, inocente él. Tal inocua conquista le proporcionaba ilusiones, le hacía pensar que quizás él fuese el que se quedase, el último, el definitivo. Pobrecitos, no sabían con quién estaban jugando.

Pero lo que nadie sabía era por qué ella era así. Por carencias afectivas infantiles y mala superación de la etapa edípica, decían los psicólogos. Porque ningún hombre vale la pena, mejor echarlos de tu lado antes de que te hagan daño, decían las feministas más radicales.

Porque era un corazón roto, un alma hecha jirones, una moral saltarina y una cabeza desamueblada. Ésa era la verdad. Bajo esa coraza de mujer impenetrable – valga el término, aunque quizás no sea el más apropiado conociendo sus andanzas – se escondía una mujercita de cristal, que en un tiempo fue de roca, pero diversos acontecimientos la hicieron mutar.

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