Campanilla

Agosto del 2012

Una campanilla sola entre briznas de hierba.

Ni los gritos de los niños, ni el sol en lo alto del cielo, ni las salpicaduras del agua excesivamente clorada de la piscina. Ninguno de esos estímulos consigue eclipsar la llamada de atención de esa pequeñez blanca que ha florecido tímida y desinteresadamente cerca del camino a las duchas. Como un gritito. Como un “¡eh! No me pises” dicho con voz aguda. Es curioso, porque no es solo este caso en el que ocurre algo así. A menudo, un estímulo pequeño, casi imperceptible, consigue llamar nuestra atención. Entonces igual es cierto que los pequeños detalles son lo que importa ¿no?
El color del que carece la campanilla, lo dona a una mañana de tedio en la tumbona. El exagerado color moreno de un cuerpo escultural, es solo del que lo posee…y en un último caso, de la envidia del que lo observa desde su blanquecino disfraz manchado de pecas. Entonces a lo mejor también es cierto que los que menos tienen son, a menudo, los que más dan.

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